jueves, 10 de diciembre de 2009
Amor 77
(Julio Cortazar)
lunes, 13 de julio de 2009
.rodolfito y el yeti
Raulíto Casares había llorado toda la tarde. Lágrimas con sabor a pobreza, causadas por un chirlo que le entró de lleno en la nuca, dejandola colorada y brillante. Según él, no lo merecía. Según su madre, merecía no solo uno, sino seis coscachos por hurgar en su cartera. Sin embargo, le dio uno.
Con los mocos mojandole los labios, fue corriendo camino a la plaza, escapando de esa maldita mujer que le había tocado como madre. Necesitaba despejarse, como dice la gente. El barrio era nuevo y su billetera, triste... No había mucho para hacer.
El frío termómetro de la estación de trenes marcaba - 4º y Raulíto vestía solo una chomba de piqué, que era el último grito de la moda en Nueva Zelanda. Pésima idea.
Recordó las sabias palabras de su abuelo, el Maestro Zen del Under Cuyano, que alguna vez le dijo:
"Raulíto, cuidate del Yeti si algún día te vas con tu mamá a vivir a Nueva Zelanda. El Yeti siempre se esconde detrás de los árboles y rapta niños. Odia el ajo y la cebolla de verdeo. Es blanco, pero también es negro. Es fanático de los Hilda Lizarazu, especialmente de su época con Man Ray. Ha, y lo espantas con el grito de guerra que vos quieras."
Así, Raulito fue caminando por la ruta, lejos de cualquier árbol. Iba pensando. Reflexionando y flexionando sus rodillas. Pensaba y pensaba: Su madre no había estado tan equivocada al momento de coscachearlo de revés. O sea, debe ser difícil criar a un hijo sin golpearlo eventualmente. Es como que tiene que haber un "feedback-doloroso"; ya que TENER un hijo es, justamente, un parto. También pensaba en que las chombas de piqué tampoco eran tan copadas que digamos. Meditaba sobre su nuevo hogar, su nueva vida. Le gustaba la nieve, y la gente del lugar. Ya no estaba tan enojado como al inicio de este relato.
Pero en toda esa divagación, Raulito no se dió cuenta de que se había desviado del camino a la plaza, y cuando quiso acordarse, ya estaba en el matadero. Así que, asustado y apurado, dió la vuelta y decidió tomar al bosque por atajo.
Caminaba tranquilo por el medio del bosque, cuando volvió a recordar las sabias palabras de su abuelo, el Maestro Zen del Under Cuyano:
"Raulito, si alguna vez te olvidas lo que te dije recién y te metes a un bosque neozelandés, entonces no te olvides de lo que te voy a decir ahora: Tenés que encarar al palo por el primer sendero que veas, y mientras corres, gritá tu grito de guerra predilecto así espantas al Yeti. No te olvides además de ir mirando al suelo, así prevenís accidentes."
Y así fue como Raulito comenzó a correr, gritando a viva voz su grito de guerra (desvergonzadamente plagiado de Scorpion) que decía "Get over here! Get over here! Get over here!" Pero Raulito olvidó que tenía que ser precavido mientras corría, y no prestó atención a lo que pisaba, por lo que cayó duro y parejo al suelo tras trastabillar con un escarabajo gigante. Uia... problemas, habrá pensado Raulito. No lo sabemos. Pero el escarabajo parecía amigable. Éste acercó lentamente al pié de Carlitos (o Raulito) y clank! hizo su caparazón después de ser aplastado por la zapatilla del muchacho; porque claro, era gigante, pero GIGANTE para ser un escarabajo. Nada impedía pisarlo.
Raulito se quedó sentado, esperando alguna señal, pero su radio no captaba ninguna FM local. Enojado con el chiste fácil, pensó que los árboles impedía que la señal llegara, y AM no escuchaba ni en pedo. Entonces fue ahí, justo ahí, cuando recordó ese consejo que su abuelo, el Maestro Zen del Under Cuyano, le dijo:
"Raulito, mirá prestame atención, dale. Estos Zucosos salen cuatro pesos menos que las Zucaritas. Con esos cuatro pesos que te ahorras, haces maravillas, como por ejemplo, salvar tu vida en caso de que el Yeti neozelandés te agarre en el medio del bosque. Porque te cuento, el Yeti se la pasa buscando niños para fumar, ya que nunca tiene plata para comprar frula. Pero si vos le das estos cuatro pesos, él se va directo al dealer-del-bosque mas cercano y te deja de romper las pelotas. ¿Cazas?"
Pero Robertito, que estaba mas pobre que Charles Ingalls después de pagarle la hipoteca de la granja al Sr. Nels, se dio cuenta que el tercer consejo de su abuelo se lo podía pasar soberanamente por las pelotas. Así que se levantó, y encaró corriendo para su casa, aunque con la mente tan perturbada como la tenía, el despistado olvidó gritar "su" grito de guerra predilecto.
Pibe, detenete un segundo o sos boleta, escuchó Carlitos a sus espaldas. Inmediatamente dejó de correr. Temeroso, volteó para ver de dónde provenía esa voz tan finita y aguda. "Soy el Yeti", dijo un monstruo blanco (y al mismo tiempo negro) y peludo, de unos 3 metros aproximadamente. Tenía los ojos rojos y no dejaba de tocarse la nariz. Las manos le tiritaban. Estaba mas al palo que el tacometro de Rapidshare Premium.
What do you want from me? preguntó Carlitos, evocando al espíritu de la mujer que hacía los doblajes de la Coca Sarli para el exterior (que estaba muerta) El Yeti se limitó a hacer un sonido parecido al que hacen los modems cuando se conectan a dial-up. Carlitos estaba en problemas.
-Now, you are going to die in my hands, little charlie - dijo innecesariamente en inglés, El Yeti, que sabía hablar perfectamente en español.
-You are so fucking crazy, bro... I have a situation here, so, get the fuck away and let me go home...
-Ha ha ha ha ha! You are an insect for me...
-Dont be so sure, you bastard - respondió Carlitos, mientras incrementaba su cosmo
-Oh! - Se sorprendió el Yeti, con esta expresión de sorprendido y con cara de sorprendido, como esperando la sorpresa.
-My grandpa, The Master Zen of The Under Cuyanou, taught me how to destroy you.
-Oh! The Master Zen of The Under Cuyanou! Oh! Its imposible! I remember him! You... you can not be...
-Yeahhh... im the...
-The...
-El...
-El...
-...CABALLERO DE LA CADENITA CHAQUEÑA!!!! Gritaron al mismo tiempo, retomando misteriosamente el español. Uno medio asustado, y el otro mas bien envalentonado.
-Ahora vas a morir (en rehabilitación) estúpido Yeti, y dejarás en paz a los niños neozelandeses...
-Oh nooooo!
-Oh siiiiiii.... Te demostraré mi poder...
-...
-...
(El ambiente estaba muy tenso. Se venía el garrón. Inevitable. Suspenso. Mucho suspenso graficado con estos puntos suspensivos)
-...
-...
-...
-...
-...! (como diciendo "dale, pué!")
-¡¡¡CADENITA CHAQUEÑA NEBULOSAAAAAAAAAAAA!!!
-...NOOOOOOOO!!!! -Gritó El Yeti mientras caía al suelo.
Carlitos había arrojado la cadenita de su comunión sobre la cara de El Yeti, lastimando su ojo con la arista inferior derecha de la cruz. El Yeti, que ahora yacía en el barro negro del bosque, gemía de dolor. Saulito, en cambio, se sostenía en pié. Con aire triunfante, pasó por al lado de su enemigo diciendo "Esto te pasa por puto y drogadicto, mojón".
Caminó hasta su casa, y aprovechando que su madre había salido desesperada a buscarlo; abrió su cartera, sacó 7 dólares y fue por una Cindor.
Su abuelo estaría orgulloso.
jueves, 11 de octubre de 2007
.cuento sin moraleja*
Un hombre vendía gritos y palabras, y le iba bien, aunque encontraba mucha gente que discutía los precios y solicitaba descuentos. El hombre accedía casi siempre, y así pudo vender muchos gritos de vendedores callejeros, algunos suspiros que le compraban señoras rentistas, y palabras para consignas, esloganes, membretes y falsas ocurrencias.
Por fin el hombre supo que habia llegado la hora y pidió audiencia al tiranuelo del pais, que se parecía a todos sus colegas y lo recibió rodeado de generales, secretarios y tazas de café.
-Vengo a venderle sus últimas palabras -dijo el hombre-. Son muy importantes porque a usted nunca le van a salir bien en el momento, y en cambio le conviene decirlas en el duro trance para configurar fácilmente un destino histórico retrospectivo.
-Traducí lo que dice- mando el tiranuelo a su interprete.
-Habla en argentino, Excelencia.
-¿En argentino? ¿Y por qué no entiendo nada?
-Usted ha entendido muy bien -dijo el hombre-.
Repito que vengo a venderle sus últimas palabras.
El tiranuelo se puso en pie como es de práctica en estas circunstancias, y reprimiendo un temblor, mandó que arrestaran al hombre y lo metieran en los calabozos especiales que siempre existen en esos ambientes gubernativos.
-Es lástima- dijo el hombre mientras se lo llevaban-. En realidad usted querrá decir sus últimas palabras cuando llegue el momento, y necesitará decirlas para configurar fácilmente un destino histórico retrospectivo. Lo que yo iba a venderle es lo que usted querrá decir, de modo que no hay engaño. Pero como no acepta el negocio, como no va a aprender por adelantado esas palabras, cuando llegue el momento en que quieran brotas por primera vez y naturalmente, usted no podra decirlas.
-¿Por qué no podré decirlas, si son las que he de querer decir? -pregunto el tiranuelo ya frente a otra taza de café.
-Porque el miedo no lo dejará -dijo tristemente el hombre-. Como estará con una soga al cuello, en camisa y temblando de frío, los dientes se le entrechocaran y no podrá articular palabra. El verdugo y los asistentes, entre los cuales habrá alguno de estos señores, esperarán por decoro un par de minutos, pero cuando de su boca brote solamente un gemido entrecortado por hipos y súplicas de perdón (porque eso si lo articulará sin esfuerzo) se impacientarán y lo ahorcarán.
Muy indignados, los asistentes y en especial los generales, rodearon al tiranuelo para pedirle que hiciera fusilar inmediatamente al hombre. Pero el tiranuelo, que estaba-pálido-como-la-muerte, los echó a empellones y se encerró con el hombre, para comprar sus últimas palabras.
Entretanto, los generales y secretarios, humilladísimos por el trato recibido, prepararon un levantamiento y a la mañana siguiente prendieron al tiranuelo mientras comía uvas en su glorieta preferida. Para que no pudiera decir sus últimas palabras lo mataron en el acto pegandole un tiro. Después se pusieron a buscar al hombre, que había desaparecido de la casa de gobierno, y no tardaron en encontrarlo, pues se paseaba por el mercado vendiendo pregones a los saltimbanquis. Metiéndolo en un coche celular, lo llevaron a la fortaleza, y lo torturaron para que revelase cuales hubieran podido ser las últimas palabras del tiranuelo. Como no pudieron arrancarle la confesión, lo mataron a puntapiés.
Los vendedores callejeros que le habían comprado gritos siguieron gritándolos en las esquinas, y uno de esos gritos sirvió más adelante como santo y seña de la contrarrevolución que acabó con los generales y los secretarios. Algunos, antes de morir, pensaron confusamente que todo aquello había sido una torpe cadena de confusiones y que las palabras y los gritos eran cosa que en rigor pueden venderse pero no comprarse, aunque parezca absurdo.
Y se fueron pudriendo todos, el tiranuelo, el hombre y los generales y secretarios, pero los gritos resonaban de cuando en cuando en las esquinas.
Julio Cortazar - Historias de Cronopios y de Famas
lunes, 10 de septiembre de 2007
.instrucciones para llorar*
Julio Cortázar
jueves, 6 de septiembre de 2007
.el corazón delator*
.una amiga me dijo que escribiera sobre LOCOS.
qué tópico!
no se me ocurrió nada, así que que mejor manera, que el punto de vista de un supuesto loco que tiene sus argumentos para decir que no es loco.
(se darán cuenta que inaugura una nueva SECCIÓN)
.enjoy...
:
¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen... y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.
Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre... Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.
Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio... ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado... con qué previsión... con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría... ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente... muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente... ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches... cada noche, a las doce... pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía.
Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás... pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente.
Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:
-¿Quién está ahí?
Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando... tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.
Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena... ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: "No es más que el viento en la chimenea... o un grillo que chirrió una sola vez". Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.
Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.
Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.
Estaba abierto, abierto de par en par... y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.
¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.
Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí... ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez... nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme.
Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas.
Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar... ninguna mancha... ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo... ¡ja, ja!
Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?
Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.
Sonreí, pues... ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima.
Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara... hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.
Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba... ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso..., un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia... maldije... juré... Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto... más alto... más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían... y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces... otra vez... escuchen... más fuerte... más fuerte... más fuerte... más fuerte!
-¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí... ahí!¡Donde está latiendo su horrible corazón!
Edgar Allan Poe.-
